La comunidad, de nuevo


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Hace casi cuarenta años que me vine a vivir a estos barrios altos, de mala fama en la ciudad.

Toda una vida.

Convivencia con vecinas y vecinos, vivir el espacio público, utilizar el comercio de proximidad, militar en los movimientos vecinales, hacer uso de los servicios públicos presentes en el territorio, como el centro de salud, la escuela, el centro de distrito, el servicio social de base, la oficina de rehabilitación…

Y ahora la emergencia general.

Y, en ella, sentir que ese organismo vivo, que es la comunidad, reacciona.

A través de los viejos roqueros de toda la vida, de todas las batallas. Y de diferentes generaciones de activistas, cada una con sus peculiaridades.

Y por mor del confinamiento (y de las ciencias y las tecnologías, que avanzan una barbaridad) te encuentras de pronto en una reunión telemática con una docena de personas.

A unas las conoces y las reconoces desde hace décadas, te fías de ellas a muerte: Nunca, ni en los peores momentos, te han dejado en la estacada.

Otras las ido encontrando en el camino. Has aprendido a quererlas tanto por aquello en lo que se parecen a ti como por aquello que las hace diferentes.

Otras son un sobre-sorpresa, una atractiva incógnita que abordas con curiosidad y, a la vez, intuyendo que volverá a funcionar.

¿Qué volverá a funcionar?

Pues la magia.

La magia de la proximidad, la magia de la motivación, la magia de las ganas.

No sabes cómo, pero te entiendes. No sabes cómo, pero siempre hay alguien que se ofrece para cada tarea que surge. No sabes cómo, pero siempre hay alguien que sabe hacer lo que hay que hacer. O que conoce a alguien que sabe hacer lo que hay que hacer. O que…

Nadie nos paga por hacer esto, ni lo aceptaríamos. No tenemos obligación de hacerlo, ni nadie tiene derecho a exigirnos que lo hagamos. Tampoco somos voluntarias o voluntarios. Aunque lo seamos en diversas entidades para otros proyectos, esta vez no actuamos como tales. No. Sencillamente somos vecinas y vecinos con orgullo de barrio. De esos y esas que se reconocen por la calle y se dicen “iepa” y no hace falta mucho más. Somos quienes no queremos o, sencillamente, no podemos marcharnos de aquí. Orgullo de barrio.

Porque la agresión de este virus no es la primera que reciben las calles y las gentes de este barrio. Y de otros barrios, a veces olvidados.

Y, de nuevo, ante esta amenaza, se activan resortes de cuidado mutuo, de ayuda mutua, de apoyo mutuo. Y las ganas de colaborar y construir van llenando una tras otra las líneas del Excel. Decenas y decenas de personas dispuestas a llevar la compra a las casas, a cuidar a criaturas, a cocinar o a resolver muy diversos imprevistos.

Y sorprende y encanta la capilaridad de estas redes, cómo llegan con naturalidad a cada portal, a cada casa, a cada persona.

Y, a la vez, cómo se complementan y conectan con otras redes de otros barrios y con otras respuestas de otros agentes.

Y su capacidad resolutiva, la manera de encontrar recursos, o de generarlos, o de inventarlos.

Hace unos días nos manifestábamos para defender nuestro centro público de salud. Cuando termine el confinamiento cenaremos a gusto en un restaurante del barrio a la salida de nuestra reunión asociativa de cualquiera de las entidades a las que pertenecemos. Pero ahora, en la emergencia de lo nuevo, parece que recurrimos a lo más primordial, a la emoción de sentirnos vulnerables e interdependientes, pero, en red, invencibles. A nuestra capacidad creativa conjunta, a nuestra energía para cuidarnos y para cuidar, especialmente a las vecinas y vecinos más indefensos, que más dependen de la comunidad.

Conocemos nuestro lugar. Hay muchas tareas que no nos corresponden. Pero también sabemos que nuestro eslabón vecinal y comunitario es imprescindible e insustituible. En la emergencia y después.

Esto me han pedido que explique.

No lo cambio por nada.

Fernando Fantova